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La cultura iuxer está dañando el diseño en Latam

Estoy bastante convencido de que la razón más grande por la que no tenemos más buenos diseñadores UI en Latam es la insistencia del gremio por convertirlos en managers masters de la estrategia que solo hacen wireframes, que buscan un lugar en “la mesa”, que delegan la ejecución.

Eso tiene consecuencias reales. Y ya es tiempo de decirlo directamente.


El hijacking del lenguaje

Todo empieza con el lenguaje. Odio el momento en que la gente decidió decir “no tiene UX” a lo que normalmente deberíamos llamar “está mal diseñado”.

No es un detalle menor. Cuando dices “no tiene UX”, conviertes UX en un sustantivo, en algo que se agrega o se quita, en un ingrediente de cocina. Cuando dices “está mal diseñado”, hablas de un oficio que alguien ejerció bien o mal.

El primer framing pone al “UXer” en el centro como el guardián de una sustancia misteriosa que los demás no poseen. El segundo framing habla de calidad y de responsabilidad sobre un resultado.

El hijacking no fue accidental. Le conviene a quienes construyeron su identidad profesional alrededor de la primera versión.


La técnica católica de vender cursos

Algo que la industria iuxer sigue creyendo es que para combatir todos estos problemas necesitas ser un diseñador “estratégico” —lo que sea que eso significa—, que piensa “más allá de los pixeles”, que tiene “una silla en la mesa”.

Y para llegar ahí, hay que comprar el curso.

Está curiosa la forma de vender formación de algunos iuxers, usando la que yo llamo la técnica católica: hacerte sentir culpable por todo.

“Solo quieres diseñar pantallas” — como si eso fuera algo de lo que avergonzarse.

“Es tu culpa que no puedas crecer” — como si crecer significara dejar de hacer.

“El producto final es un asco, es tu culpa porque no entiendes el negocio” — como si entender el negocio requiriera dejar de saber diseñar.

La culpa como motor de venta es vieja como la iglesia. Aplicada a una disciplina creativa, es particularmente dañina: convierte a diseñadores jóvenes en ansiosos crónicos que creen que nunca son suficientemente “estratégicos”, en lugar de enfocarse en volverse extraordinariamente buenos en lo que hacen.


Lo que se perdió en el camino

Hace años que no hago wireframes en mi proceso normal de diseño. Después de sketchear algo breve o analizar el problema, imaginaba y diseñaba directamente con design system en mano. Podría decirse que era wireframing 2.0: el pensamiento estructural integrado en la ejecución, no separado de ella.

Hoy con herramientas de IA el proceso es aún más directo. La brecha entre la idea y el prototipo funcional se redujo a minutos.

¿Y en ese mundo, qué queda del diseñador que aprendió a entregar wireframes como evidencia de proceso pero nunca aprendió a resolver pantallas? ¿Del que sabe presentar un journey map pero no sabe qué hacer cuando el padding está mal y el usuario no entiende qué es accionable?

Lo que se perdió es una generación de diseñadores que podría haber aprendido el oficio y en cambio aprendió a justificarlo.


El costo regional

El impacto en Latam es específico y visible. Tenemos menos buenos diseñadores UI per cápita que otras regiones, y parte de la razón es que los que muestran talento natural para la ejecución visual son sistemáticamente dirigidos hacia “algo más importante”.

Los mejores crafters de interfaz que conozco en la región llegaron ahí a pesar del sistema, no gracias a él. Se resistieron al mensaje de que diseñar bien pantallas era insuficiente, o lo aprendieron por su cuenta fuera de los canales formales.

Mientras tanto, el mercado global premia exactamente eso: a quienes saben hacer cosas extraordinariamente bien. Las posiciones más codiciadas en los mejores equipos del mundo no buscan “pensadores estratégicos”. Buscan diseñadores que puedan tomar decisiones de diseño complejas y ejecutarlas con precisión.


El software personal como contraargumento vivo

Amo la era de las mini apps: casos de uso sencillos que necesitas en veinte minutos para resolver un problema real. Una UI bien hecha para agilizar agentes y prompts da mil veces más que copy-paste constante en cajitas de texto.

El software se está volviendo más personal que nunca. Ya no es un producto que una empresa diseña para millones: es una herramienta que alguien construye para su contexto específico, para su pareja, para su equipo de cinco personas.

En ese mundo, el diseñador que puede construir cosas —no solo hablar de ellas— tiene un valor que ningún framework de pensamiento estratégico puede reemplazar.


TLDR — No hay nada malo en querer diseñar pantallas. Hay algo muy malo en haberle convencido a una generación de que sí lo había.


Fuentes originales