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Once a frog, always a frog

Es extraño decirlo porque nunca me había despedido de una compañía. Pero hoy era mi último día siendo una rana en frog, y sentía que me lo debía a mí mismo.


El segundo trabajo que no sabía que era mi segundo trabajo

A casi cuatro años de haberme unido como parte de la expansión de frog a Latinoamérica, caí en cuenta de algo que no había procesado del todo: frog fue, en todos los sentidos reales de la palabra, mi segundo trabajo como diseñador.

No lo sentí así al principio. Las similitudes culturales entre 23 y frog —el cariño al craft, la obsesión por el detalle, la gente— hacían que el salto se sintiera más fluido de lo que era. Pero con el tiempo, al notar las diferencias en magnitud, en los procesos más sólidos, en la escala de los problemas, entendí que había estado aprendiendo en una liga diferente.

frog me bajó de la nube en la que pensaba que volaba. Pero lo hizo justo lo suficiente para poner los pies en la tierra y seguir con más claridad.


De 50 productos a 5 — y por qué eso cambió todo

Con 23 lancé más de 50 productos en cinco años. Con frog lancé cinco en tres. En papel, suena a menos. En realidad, fue todo lo contrario.

Cada uno de esos cinco proyectos tuvo el tiempo y el cariño que los anteriores, por la velocidad del estudio, a veces no podían tener. También tuvieron capas de stakeholders y burocracia con las que nunca me había enfrentado. Instancias donde navegaba sin saber del todo lo que estaba haciendo, pero aprendiendo a confiar en el proceso —y en mí mismo— para salir adelante.

A veces tocó imaginar el futuro de las PCs. Otras, repensar de cero un programa de lealtad para gen-Z. O construir desde cero una librería de componentes lo suficientemente robusta para sobrevivir sin un design system detrás que la sostuviera.

La única constante en todo este tiempo, y que seguirá siendo parte de mi ADN como diseñador: lanzar productos al mundo real. Siempre.

El arco de mi carrera — de 23 a frog y lo que sigue


Las personas que se quedan contigo

Lo que más valoro de frog no son los proyectos. Son las personas.

Diseñadores en su mayoría a los que admiraré siempre. Pero sobre todo personas con las que disfruté trabajar aún estando lejos, viéndonos por cámaras, separados por husos horarios. Personas que en el caos global de la pandemia encontraron la manera de mantenerse presentes.

Y managers que, más de una vez, pasaron a ser mentores. Los que me ayudaron a encarrilarme en mi propio camino cuando yo mismo no sabía hacia dónde ir. Los que me señalaron mis puntos ciegos sin hacerme sentir pequeño.

Eso no se aprende en ningún curso. Eso se vive.


El trampolín

En mis primeros días en el charco me tocó visitar a otras ranas en Austin — justo unos días antes de que la pandemia cerrara todo. Recuerdo bien lo que escuché de uno de ellos:

“frog es un gran trampolín para darle forma a tu carrera, aprovéchalo como tal.”

En ese momento lo anoté mentalmente. Hoy, al salir, entiendo exactamente lo que quiso decir.

frog me dio perspectiva. Me mostró que el diseño a escala global tiene batallas que no te imaginas desde un estudio boutique. Me enseñó a sortear la burocracia sin perder la visión. Me rodeó de personas que me empujaron hacia adelante.

Lo que viene ahora es aprovechar el salto: regresar al vuelo con rumbo a lo desconocido. No tengo más que agradecimiento por lo pasado y emoción por lo que se viene.

Once a frog, always a frog. 🐸

Farewell party en frog


Fuentes originales